norteada versus
amigos imaginarios y antropoides afines: ya ven que volví a la villa y nunca bajo a la ciudad, pero la poesía. leo, si los milicos apostados en la huelga del ahora extinto mercado tienen a bien no volarnos las piernas, el miércoles en colegio civil. a los que quiero y no veo hace tanto: será lindo verlos aparecer. leeré odas a cigüeñas envenenadas, redondillas a cajas de cerillos, églogas de tema intercambiable y una epopeya a las picaduras de abeja. también pueden hacer clic en la imagen para ver biodegradables de los que leen y esas cosas que tanto les apasionan.
Relación de hechos y transcripción correspondiente al hallazgo que, no sin zumo y alto azor ─casi, o vesania─ me hubo en librería afincada en el distrito de la mejicana nación el día veintitantos del tercero mes del año previo al del acontecimiento conocido por no parco número de jentes como Fin del Mundo (mas no así de los evos), según consabida, mayaestática, leyenda de la región (se sabe: correjida y aumentada por secta de cospicuos semiotistas del vecino país nórdico) donde el tal hallazgo fue acaecido.
~
E Fuésese un día, un día de aquellos, cuando, y muy al fin de los Donceles, yo era yo y entréme ahí, al tal recinto a donde festo vine a hallar y con qué fasto, inegualable: sendo mamotreto ─y uno sólo que era─ a cuatroscientas y setenta y nueve páginas que en su faz descubrímos ─yo y mi celebro alborozado (questa entelequia grisácida-limón, cuajosa, tripolar que allí yo llevo arribando desde nantes que nascí)─ intitulaba en altas y en carmín, subido: «Los apocalipsis del espacio». Su autor, hombre a esta desaguisada desabido, totalmente, y justo a esta razón que sí, mi la sazón alebrestase la testuz uno o dos ─o tres y punto y tantos puntos celsius más: Leopoldo Morven. Tal pergamino fallado consiste en una compilación de poemas –si a tales escribanías exorbitadas pueden llamárselas tal, modo a mi vista, inperfecto, imsuficiente─ que en su número suman ─hasta cierto punto─ veintidós. Y que este guarismo no pasáranos en vano, que no nunca será vanidad, han de decirlo mis manos al fuego, que tal cifra es sí en conexitud con arquetipo sefirótico, pues ya nos fue dado a saber desde los manuales donde así refieren, que veintidós son las letras que instituyen de los hebreos, su alefato, así mismo que veintidós son los arcanos primeros de la antigua ciencia instrospectiva: ─que no de facto agorera como en su detrimento han trujídonos a creer mujeres de talante a llevar turba en cabeza y manos no exentas de alhajas─ el Tarot.
Y vale decir aún que en tal singular volumen, luego del número simétrico que hemos escrebido y del que desglosamos ya en modo somero la suya simbología, siguen once textos bien avenidos y de íntica temática y de íntica estilística, mas de cierto es que ─bajo cierta mirada hermeneutal de la que no podemos desasir los que incurrimos en lo de leer, ay, ya zozobradamente y sin posibilidades de inocencia─ adendas al cuerpo primordial. Suman así, en total, treinta y tres los pasajes de este Apocalipsis que Morven nos entrega así, aventuro, en guiño a la edad en que a aquel señor que tuvo a bien inaugurar el moderno calendario, le dieron fenección en cruz de palo (y cuales astillas aún se venden bien de mano en mano y no sólo en Bethelem sino, y muy principalmente, en amazónicos pesebres conocidos como E-Bay, entre otros). Los poemas, todo aquel al menos cuanto la que ahora escribe ha leído al punto de esto escrebir, se escriben en perfecto alejandrino y sin pie trocado ni uno sólo. Los títulos que forman la dicha ─dichosa─ antología de la que se ha venido hablando, son los que, a fines que al lector conveniesen para así forjar suscinto panorama de la obra, se transcriben ahora mismo: 1. Pleroma, 2. Lavarios, 3. Ginnistán, 4. Valler intemporal, 5. Devayana, 6. Lamia, 7. Apocatástais, 8. Fuego fatuo, 9. Inamisión, 10. Bhuvarloka, 11. Trenos y layes de lémures .─Introito, 12. Trenos y layes de lémures I.─Adyuvaciones, II.─Ananké, III.─Tabor, IV.─Allén, 13. Gloria Negra, 14. Apariciones del Amenti .─Introito .─Visitación, 15. Rastros lemúricos, 16. Anales Akashicos, 17. Del Amenti al Nirvana, 18. Resucitado en la perpetuida, 19. Acúsmatos y fantasmagorías, 20. Trascensos, 21. Monólogo del espectro, 22. Telestesias y anunciaciones, 23. Vicisitudes, 24. Las llamas, 25. Ciudad-Lémur, 26. Tramonto, 27. Derrelicción, 28. Deuteroscopias e itineraciones, 29. Anagnórisis, 30. Autognosia, 31. Evo, 32. Ante-Dilúculo.
Y si bien es verdad que este vademécum presenta características tales que podríamos aventurar versa sobre tópicos eso-exotéricos de corte hindú, gnóstico, órfico y aún: urantista, y que maliciosamente alguien atrevería a apuntar que todos ellos se nos presentan bien mal mixturizados en holismo aprendido en lecturas de fuentes secundarias en libros de poco o nulo tiraje dirijidos ex profeso a rosacruces o masones ─eventuales cofradías a la que alguno podría suponer, el tal Morven (alabado sea) perteneció (desconocemos hasta qué grado ascendido)─, digo verdad al decir que los títulos no deberían engañarnos, pues la sustancia de este libro es bien otra y ahí no termina, y menos es verdad que ahí empieza; pues «Los apocalipsis del espacio» abarcan, con singular holgura, garbo, sapiencia y destreçismo, asuntos y estilos tan variados como las posibilidades mismas de la escritura. No dudaría en afirmar que es esto justo, la Escritura, no esta, obviamente, sino la que con mayúsculas se escribe, lo que penetra el sentido todo de este Legajo ─ya diría yo: inmemorial, si no fuese porque sé que es casi inconocido para el resto del mundo que yo no soy─ en cuyas páginas sintetizan la quintaescencia retóricosintáctica de lo que viene siendo desdel más culterano barroco, la prosa medioeval, las cantigas, la qasidas y la poesía sefardí, hasta el más intricado de los ismos, empezando, claro está, por el del mole de Maple y, abajándonos no mucho, siguiendo por aquel que Borjes fundó, con poca suerte y culminando, por no extendernos más, con el segundo Girondo. No estaría de más acotar que hay aquí rastros de todos los libros que de de Campos y compañeros imaginasen en sus mentes cuando no pudiéronlos escribir, so pretexto de no contradecir sus precepciones, y no estaría tampoco de más sugerir que Moraven se influencia ─valga la paradoja transtemporal─ de aquellos estilos de corte urululante de más modernitud tales como el del adolescente Cachibache (alabado sea), y, por supuesto, del del septuagenario Juan de Almela alias Gerardo, con el que ha de decirse no sólo comparte nacionalidad, Lepoldo, sino talante y hechura. Para bien finalizar, podríase decir que existen innegables paralelos entre nuestro autor y todo aquel cuanto barrosismo haya que hasta el día de hoy siga desplegando sus ilegibles manifiestos en páginas subidas a sitios de hache tentenpié y doble doble u que nadie nunca leyó ni leerán nunca (alabadísimo sea) manque bien sabido es que esto no contraviene en absoluto que estirpes de letrólogos ostentando el mote de críticos refiéranlos en curiosísimos especímenes que intitulan de Antologías y de cuya manufactura redituan pompa y jactancia y a veces hasta cierto ínfimo número de maravedíes y talentos que rara vez se habrán directamente en proporción al talento de los que en cuyos índices de tales inscriben, además de apellido y fecha en que nació cada cual de los susodichos, sus las que llaman, obras de creación. Y he aquí y a hora, ante tal panorama desalentador, que el de hoy día, a un día del Día del Libro, traigo a ustedes, mis hermanos lectores, a este autor ignorado por las antologías, olvidado por el tiempo, a este autor tal vez inexistente ─algunos dirán, con mala fe─ pero sin duda ni exageración, inéditamente genial y cuya lectura recomiendo ampliamente dentro de lo que cabe. He de decir, además, por si no ha quedado claro lo suficiente, que aquí iré transcribiendo, poco a poco, cada tanto, fragmentos de los poemas de tan encumbrao autor de la literatura española para daroslo a conocer a vustedes, mis h@mbr@s de letras que hasta hoy día permanecieron en la ignominiosa ignorancia de esta joya monumental de la Universal Literatura que Morven con o sin esmero, nos legó.
Y no hay por qué agradecerme. Todo lo que hago lo he hecho, como ya bien dijo Montaigne: por amor al arte. O bien, siguiendo esa consigna que se cita en el tratado de Abraham Eliyahú ibn Kohén, Le Livre des Questions (Provenza, 1332), uno de los más antiguos testimonios del extraviado Séfer Ha-Aggaddá donde Moisés de León citando a Isaac Luria citando el coloquio habido entre Rabí El’azar ben Raziel y Reb Nassim, quienes a su vez citan a Cioran: «porque es probable que estas líneas que tú lees ahora y que yo, indubitablemente, escribí, las hayas escrito tú mismo, en un futuro, de cierto, sí, no muy lejano en el tiempo».
PLEROMA
[Este poema consta de quince fragmentos y uno más, semi-independiente. Se reproducen aquí dos fragmentos de dos fragmentos que no, no darán una idea general del poema.]
XII
[…]
Desde amplitud longincua;
como mareta que engrosando se apropincua,
así millones de diluces titilantes
tenden ledona a pulular: lenguas parlantes:
las resonancias del concento con que muge
en estuaciones afluyentes, ancho empuje.
Oh soliloquio! En él mi ánima eviterna
la voz prologa de la póstera caverna.
De lo que pugna repercute el brío acerbo.
De teleológica abstracción musita el verbo.
Con sus anales combinando mis anales,
conmigo piensa pensamientos comunales
la celsitud. Y como en álamos la brisa,
habla tal ve, entre mi bruma, desta guisa:
─”Totilimundi de las cosas, seudo-eventos
que a las retinas se intimaron por adventos:
inexplicable interclusión como, elocuente,
no hubo sabio ni idioma que lo cuente:
interferencia de los hechos, panorama
sin evasión de lo recóndito de Brahma;
por cada rumbo evidenciando sin lendero
nítida transfulgencia de lo verdadero,
tal muchedumbre, inalterable, oculta maga,
impera, océano de albor que no se apaga.
“Supraestelario y estelario; acciones, entes,
causa, resulta, en mí contengo: sin ausente.
Colmo oquedades. Frustro ciencia y experiencia.
En sumersión, desaparezco de la Apariencia:
los formidámenes, de un día los engaños:
las percepciones archipiélagos; los años.
Al recalar de la nonada el intersticio,
atesto de segregaciones lo ficticio.
Singularmente, enuncio: soy; enuncié: somos.
Efigies de policefálicos asomos,
enciente halladas del tocar, en mis receptos
sustraigo: hundo con sus nombres y conceptos;
tribus falacias, de repuntas y contornos,
somorgujados, por inmóviles retornos,
como incremento de mi compleción los doma,
en los elíseos rubescentes del Pleroma.
[…]
XV
Perspicuidad: propincua; aluén. En lo que esguardo,
conmigo topo: ahí semejo que me aguardo;
en el sumonte, en el ostugo, en la traspuesta.
Interrogándolos, reflecto, por respuesta.
Aquí y allá, propias semblanzas. A medida
que me introduzco, mi agnición hallo, escondida,
que a mí refluye de pasajes y de esconces.
¿Mi escencia, acaso, rezagué? ¿Desde qué entonces?
¿La despartí? ¿No de su flúido dividuo
me hurté, porción erradicada, por residuo?
Exploro foscas, y perfiles, y baertales,
y allí percato mis diseños, mis retales:
emanación atisbo, densa, circunfusa,
y allí en secreto mi autognosia se me acusa.
Brechas que cato; lóculos, enciente mito,
yo los ocupo. Mis imágenes visito
en la mensoda vacuidad, como en el algo.
De mi Caverna de espectámenes no salgo.
Hoya, que miente, o intersticios deceptorios,
pueblo y saturo hasta en ancones de abditorio.
Y me desplazo entre balumbas y entre algares,
y me recibo en enfiladas de lugares.
Lo que en resalto foja bulto, o que se ahueca,
me reconoce identidad suya, en su mueca.
Ni al más minúsculo intervalo se consiente.
Ni de la plátora yo estuve falescente.
Por progresiones me trascuelo, de países.
De inhabitados, testimonio, los mentises,
lo indesmontable de su algaida sin calvero:
en seudoclaros, mis especies reververo.
De dombos la concavidad, númenes lares
bañan: ─anegaciones interestelares;
y de geóticos los vientres, recovecos
aúllan de los brucolacos con los ecos.
Y repercuto, del aullar de la caterva,
mas no su angustia en mi lembranza se conserva,
ni, de mi advento, la rahez tribu se informa;
de ajena la jurisdicción sufren la norma.
Mézclome con la desolada genitura.
Ella, a la mía, ni si quier la conjetura.
Sin que ni un ápice con ápice se estorbe,
orbe discurre por los poros de otro orbe.
Y espío en éste y en aquél, por acroasis,
ya rugimientos, ya las trovas de un oasis.
Lagos que oscilan; asteroides por isletas;
yentes celajes de tinturas obsoletas;
puntos que bogan como pálidos esquifes
o se conjuntan en inmobles arrecifes;
las tolvaneras astronómicas, en cada
pórtico de las asperciones de una arcada
transminan, flotan, se trazuman, por las moles
bien de moléculas quizás, o bien de soles.
¿Algún pedrusco, con horror soporta en rastras,
abyectas nacionalidades, por madrastras
de los precitos de gobiernos y naciones
y patrias y banderas? ¡Oh condenaciones!
¿Engendró sangres? ¡Nutre homúnculos precarios?
¿héroes de crímenes, cuadrillas e sicarios,
y prisioneros de una ley en la tenaza,
desviscerados por lombriz y gallinaza?
¿y de trifulcas homicidas los autores? ¿cobardes conscriptores?
Monstruos que aovan, en tarántulas-deberes,
y de sofismas escorpiones los quehaceres,
¿allá embatidos por flagelo de las rachas,
se agazaparon en mefíticas covachas?
Tal vez; y la trepidación que me depulsa,
vindicativa se soleva y los expulsa,
y las piaras de los dogmas animales,
con los hocicos de las chusmas de los males,
a sumersiones en los Tártaros eletos,
con sus tesoros de estandartes y esqueletos
reinfiérnanse; y la térrea aberración se aplaca
y desmenuza, y se embute en su cloaca.
Ningún detrito que en los esplendores rete;
ningún miasma, ningún dejo desa peste;
y tras la lívida aniquilación, pregunto
si formidamen alufré, de lo difunto.
[…]
Si por conjuros de tu ardor, restablecieres
épocas de letíficos acaeceres;
de hebdómadas lo cronofasmas, y de ratos,
recobrarás ublos fingiéndose retratos;
de tus anales, como hurgues estas simas,
sorprenderás las indelebles pantominas;
lenguas pronuncian, presto así como les hables,
contestaciones en vocablos imborrables.
Restaurarás las perspectivas que veneras.
Y al adquirir de cognición otras maneras,
no de sentidos ni de órganos: con mente
que introspecciona, en elementos inmanente,
la circunscrita lineación se desdibuja;
de tu fenómeno se acaba la burbuja;
no más fragmentos, no más lindes, no más trazos,
no de decursos sucesiones ni retazos,
Tierras ni clanes; no ya sátrapas, mazorcas
de guerrereadores, los impunes de las horcas;
no ya asterismos, no galaxias, no repuntas.
─Disipación─.
[…]
Leopoldo Morven, Los Apocalipsis del espacio, E.C.L.A.L.S.A, México, D.F., segunda edición: 1962, 479 páginas.
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postumario
a los que me leen: pronto estaré subiendo a una página mis bitácoras de poesía, prosa y amorfismos que fueron escribiéndose entre 2002 y 2008. la intención de organizarlas es que me decida, ahora sí, a extraer de ellas los textos que formen definitivamente, algún día (tal vez) mis libros –o saber siquiera si esos libros existen. mientras eso ocurre, les estaré compartiendo las bitácoras anuales; empezaré por 2004, mis rimbombantes diecinueve.
a los que han leído este diario, gracias; ya fue.
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‘los últimos días’ (brea)
el último texto que publicó en su página electrónica josé luis brea, el 31 de agosto del año pasado, días antes de su muerte. me llegó en esos días de manera sincrónica. ahora lo comparto a razón de otras coincidencias.
*
¿Acaso no nos resulta intolerable ya ese encasquillamiento de una cultura que se ha embobado de sí misma en la imaginación enfermiza de su final, en la letánica intuición de su agonía?
Sin duda, sin duda. Pero entonces, nada de apocalipsis -ni apocalipsis-ahora, ni apocalipsis futuro-, nada de -como certeramente ha reclamado Derrida- moribundias. Ni plagas ni pestes, ni signos en los cielos o presentimientos agónicos que -a baja intensidad- persigan electrizar nuestra piel: negativa a todo discurso catastrofista o postrimero, a todo expresionismo agorero de finales -perpetuamente aplazados.
En su lugar, sólo la proclamada pasión de un trastorno radical, la voluntad decidida de una transformación rotunda.
Nada de profecías -sino sólo una antiprofecía: los últimos días. Nada de diagnósticos -sino revolución ahora, apropiación de destino, ganancia definitiva de la vida y el mundo.
Activismo, ejercicio radical de la pasión de otredad, abandono inmediato y decidido de un estado de la vida intolerable, improlongable, …
Los últimos días: sólo la pasión del tránsito, del salto al vacío, a un más alla sin dibujo … Y el adiós a promesas y consuelos, a nostalgias y embadurnes, a bálsamos y tibiedades. La vida no habita más la vida. Es pues preciso, todavía, decir: “nosotros los póstumos, nosotros los más efímeros”.
Pero sólo para trazar el rastro de nuestro paso fugaz. Nuestros son los últimos días -pues sólo nosotros hemos aprendido a querer los finales, sólo en nosotros ellos se quieren al mismo tiempo pasajeros y eternos, fugaces y plenos. Allí donde la vida no consiente más ser estafada: los últimos días.
El tiempo-ahora.
Irreversiblemente, y para siempre.
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Estremecedor. Estremecedor el trabajo que un siglo se ha tomado en el experimento más radical que la humanidad ha conocido: el de su superación -tal vez, el de su mero llegar a ser algo digno de ese nombre.
Aterradora la oscilación de los nombres que ese experimento ha cobrado, en un vaivén de tentativas embriagador, insostenible. De un extremo a otro, Occidente entregado a la fiebre exploradora de sus límites -en todas direcciones. Sin solución de continuidad, un frenético encabalgarse de experimentos contradictorios, incompatibles.
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Todavía más terrorífico el rastro de sus abandonos, la estela de residuos que de los sucesivos naufragios va quedando. Única y muda memoria que, por contrafigura, hace subir la capacidad de olvido de un pueblo que se entrega a sus aventuras con fervorosa vehemencia -pero con no menor ligereza se desprende de ellas, como si nunca hubieran sucedido, como si, ciertamente, “aquí no hubiera pasado nada”.
Mudas piedras derrumbadas, ciegas calles sin salida, dónde está la memoria de aquel fragor de banderas, la efervescencia de aquellos entusiasmos callejeros, la electricidad que cada grito de libertad exhalado por millares de gargantas ha hecho correr, como la sangre, a raudales, hacia ninguna parte.
Sueños desvanecidos, memorias vanas, qué queda ahora de aquellos entusiasmos sino la más tibia conmiseración, el arrepentimiento más lúgubre, la más penosa expiación quizás. Un torpe silencio enmudecido que pareciera pretender hacerse perdonar el haber apostado a límite, el haberlo intentado todo. Y la cínica entronización de la indiferencia, de la medianía, de esta feroz nueva barbarie del “nuevo orden”, de la tremenda pobreza que, además, soporta silenciada toda la sublevación que en los corazones salvajes despertara otrora su contemplación.
Y ahora, esa tenue pátina equilibrada que borra todo horizonte de riesgo, que liquida toda tentación transformadora en nombre de una razonabilidad mermada, como si la oferta de lo que hay, del mundo escindido, colmara toda expectativa legítima, como si de pronto lo ilegítimo fuera reclamar algo más, un más allá, un final -y, en él, un comienzo.
Y es entonces entre terrores entre lo que tenemos que elegir: el de soñar contra el de aceptar la villanía de lo real en su insuficiencia, el de experimentar en los límites contra el que nos produce el recuerdo terrible de las formas totalitarias de consolidación edificante en que la puesta en escena de tal soñar, tantas veces, ha desembocado.
Pero en esto se nota que amamos nuestro siglo, su profunda histeria: antes nos entregamos al vértigo de la inagotabilidad de sus sueños imposibles -explorándolos precisamente allí donde no se pretenden resolutivos, salvíficos- que cederíamos a la tentación de contentarnos con el tibio bienestar que de su renuncia y apartamiento se suceden.
Pues en ello, en estos últimos días, el silencioso fragor del sufrimiento sigue golpeando nuestros oídos por debajo de la conspiración de silencio que pretende cerrar el mundo en la modulación de un orden aparente. Pues a ese orden le sabemos cruel, aún más sanguinario y terrible en su implacable realidad que podría serlo cualquier experimento en el legítimo ejercicio del intento de revocarlo. De tal lado estamos. Y sí: mísero aquél proyecto que olvide que está aún muy lejos el horizonte que le legitima. Aquél remoto horizonte en que conoceríamos “la dicha que, semejante al sol de la tarde, hará don incesante de su riqueza inagotable para verterla en el mar, y que, como él, no se sentirá plenamente rico sino cuando el más pobre pescador reme con remos de oro. Esa dicha divina se llamaría entonces: humanidad”[1]
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El arte, pues, contra la vida. Contra esa forma domesticada de vida que repugna en su insuficiencia, en su escisión. Es decir: el arte a favor de la vida, más allá de su separación: incluso contra el propio arte, como separado de la vida. El arte, entonces, como verdadero dispositivo político, antropológico -el arte como función teológica.
Inseparable de su origen sagrado, de su destino trágico -en su ateismo radical, en su orfandad absoluta. Inseparable de la escena del trastorno que habría de arrastrar en catarsis al sujeto hacia el vértigo de la conciencia de su insuficiencia constitutiva, la de la vida misma tal y como le es entregada -raptada: insuficiencia del pensamiento reducido a la conciencia, del mundo de las cosas reducido a su mercado, de la historia reducida al falsario inventario de las ruines hazañas fabuladas por los presuntos vencedores.
Pero, sobre todo, insuficiencia del arte reducido a repertorio inocuo de las formas y sus variaciones, insuficiencia de un arte que se arrinconaría como forma depotenciada del pensamiento, desplazado a una extraterritorialidad inefectiva. Desde ella, en el acontecimiento a bajo nivel de la forma tecnológica de su desaparición simulada –acontecimiento epocal que nos ocupa- nuestro arte light no tiene otra fuerza que la de legitimar la luz crepuscular de lo real con el esbozo de una zona de sombra –a cuyo vértigo verdadero ni siquiera posee la fuerza de convocar.
Allí, el arte pierde toda fuerza de trastorno, al sólo servicio del mercado -de la cohesión social en torno a su forma irrealizada, de consolidación del consenso en los alrededores del más insulso nihilismo. Los dioses abandonan, aburridos, el mundo, sí. Pero no es el arte la espada flamígera que decreta su expulsión, para hacer de cada uno de nosotros el ángel implacable que la ejecuta –reabsorbiendo los poderes tanto tiempo expropiados-, sino el consuelo de un mundo ya evacuado de toda expresión de fuerza, tan intrascendente y vano que -de no ser por la suposición de profundidad con que la perpetuación del supuesto de potenciales en que el arte nos entrampa todavía- cualquiera de nosotros, en ejercicio de plena e impecable lucidez, sin duda preferiría olímpicamente abandonar.
¿Habríamos de aceptar ese destino gris del arte en una especie de “fin de la historia” en que toda su aventura quedara desarmada, bajo la forma disminuida de su simulada desaparición, y reducida al mero juego de las variaciones de la forma, que sólo adornan el farsante progreso con que la técnica escribe su arrollador e insensato paso por el mundo -en esta hora extendida de la pecaminosidad consumada?
Pero no: contra la ficción inmovilista del fin de la historia -contra su anuncio de una perpetuidad pacificada de la crueldad liberal que exime al mundo de toda aventura vinculada a la voluntad de su transformación rotunda- la ficción potenciadora de los últimos días. Como guillotina siempre elevada en el aire de la historia -hecha naturaleza. Convirtiendo el más legítimo de los nihilismos no en argumento de pasividad o conformismo, sino en resorte de la más fiera querencia de transformación, venganza contra el adormecimiento que se apropia, cada día, en cada palabra o gesto, de la más profunda riqueza que debería alentar nuestro existir.
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Imaginad ahora aquel febril experimentar del siglo en los terrenos del arte. Sentid la encendida violencia de las cantinelas futuristas, la precisión del dardo surreal sobre la inteligencia, la escalofriante fiereza del Cabaret Voltaire contra la pacatería dominante, la rotundidad mágica del descenso a lo inefable en las composiciones de Cage o los poemas de Mallarmé, la cristalina precisión con que un plano limpio de Mies consigue resquebrajar todo esquema previo de percepción del espacio, la embriagadora complejidad con que la novia duchampiana nos arrastra hacia aquellos espacios puros en los que el pensamiento duerme -con ella- en vela, incluso la violencia con que el propio pensamiento es enfrentado a su desnudez en el proyecto minimalista, la perfección con que es arrojado contra la vida separada en las dianas del pop, o la amargura con que se enfrenta a la irrealizabilidad de su virtual verdad en la claudicación conceptual … ¿Se querría que en todo ello no viéramos sino un sucederse de ejercicios formales, una variancia caprichosa y errática por las interminables y gratuitas posibilidades del decir?
Nos negaremos siempre. Pues aun cuando no podamos ya creer que el arte salve, menos aún podríamos asumir la claudicación de aceptarle como mero cómplice-bálsamo que sólo sirviera a revalidar a lo que nos secuestra y aparta de la verdadera vida -ésa que algún demagógico populismo cínico, de última hora, querría que confundiéramos (ocultándose y ocultándonos que ésta que en él se predica está mutilada) en ecuación de identidad con esta engañifa que se toma en él por verdadera, por suficiente.
¿O es que acaso sería preferible -sólo por pregonarse “para todos”, por autoproclamarse “de y para” la “vida ordinaria”- un arte sin efectos, un arte simplemente “consolador” -en su mistificador legitimar la falsa conciencia de lo que hay (como incruento), en su ideológico encubrimiento del efectivo estado de cosas que padecemos?
¿No es más seguro que un arte radical, trastornador, pondría de tal forma frente a la vida que exigiría de ésta aquella alteración que acabaría por requerir una devolución inmediata del sueño de una experiencia plena al total de la humanidad -cuando, entonces sí, “hasta el último pescador reme con remos de oro”?
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Desolación infinita de la historia. Ninguna promesa se ha de cumplir nunca. No hay otra historia que el acumularse infinito de los fiascos, del fracaso interminable que, en su esfuerzo por solventar el problema de la vida, por resolver el cumplimiento pleno del sentido, deja la cultura tras de sí como único y triste rastro.
Ninguna promesa, nunca más, nos concierne. No es nuestro, más, el problema de la verdad, el del sentido. Las lenguas flotan livianas, liberadas de su obligación a la representación, al dominio del mundo. El fantasmagórico ilusionismo con que, desde el seno mismo del arte, el símbolo nos aseguraba entregar -en sobre sellado, eso sí- la promesa inaccesible del sentido pleno, deja de gravitar sobre nosotros. Ahora, la lengua flota a la deriva dispersa en tonos locales, en desinencias dispersas, en significados inagotables, en fragmentos: no se dice el sentido de una vez ni para siempre -en ningún lugar. Al contrario, todo habla es fragmento de un discurso inacabado, aplazamiento del sentido siempre abierto a interminables reutilizaciones.
Donde un régimen promisorio del sueño de conquista de las virtudes -compacidad, plenitud, eternidad, presencia del sentido- del símbolo asentaba sus artes de captura, nuestra diurna certidumbre de su inviabilidad abre un territorio -entre sombras, asumiendo el claroscuro con el que en él la vida se revela- roturado por las quebradizas señas de la alegoría, del decir abierto y fragmentario, siempre aplazado, en que el sentido de un texto no es más -y no pretende ya ser- el fiel reflejo de La Idea o El Mundo: sino siempre otro texto, otra fuga, cualquier deriva.
Así, escritura, el arte no invoca ya los poderes de lo eterno, de la verdad o lo inmutable: sino la fulgurante puesta en evidencia de su implenitud, de su abertura y aplazamiento, de su impresencia.
Y, sin embargo, es cierto que la forma de la promesa nos obliga, nos requiere. Pero -paradoja terminal para los últimos días- sólo hoy nos es pensable su ejercicio en la proclamación impenitente de su imposibilidad. Así: nueva promesa de felicidad del arte -que no hay más territorios para la promesa, que la organización que se apropiara de la vida en aras de ella (el arte a su servicio) sería estafa que ya a nada obligaría.
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¿Es juego entonces el mundo, la vida, el hacer de los hombres, su construir la historia? ¿O la ilusión del sentido se asentaría en una forma de la vida que, ponderación misteriosa, podría alguna vez resolverse -como pantografiada- en el decir de un enunciado, una palabra, un gesto, una figura, una forma, un verbo nuevamente poseído de las virtudes -de lo divino?
Pero no: es juego el mundo, y la vida, y el hacer de los hombres y su historia no es sino el agitarse insignificante de una tentativa inútil.
Sobre la que eones de tiempo negro pasarán huracanados como un telón que barriera apenas briznas.
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Estrategias de autocuestionamiento, de autonegación. Oscilación ultrarápida entre el decir y el poner en cuestión la suficiencia del lugar -y la forma, y el contenido mismo- desde el que se dice. Batería de recursos enunciativos mediante los que negar el propio espacio en que se enuncia -como tal espacio de la representación. Bucle autorreflexivo por el que todo auténtico ejercicio contemporáneo de la tarea del arte practica la autodenuncia de su insuficiencia, testimonia la nueva falta de fe en aquellos dispositivos que, organizados para hacer falsariamente creíbles sus potencias simbólicas, le otorgaban lugar y pública función. Contraretórica por la que todo arte comprometido -con la causa trágica de la expresión nihilista- desenmascara la lógica de complicidades mediante la que un sistema generalizado de encantamiento del mundo -capitalismo- se cobra como rehenes al pensamiento y al ser. Pura expresión de fuerza emotiva que, en su recurso a una tonalidad figural y abstracta, pone en juego el mero apunte de un rastro de fulminante evidencia-al-pensamiento que no adquiere la forma concluida de una pretensión de significado, sino el mero esbozo virtual de una tensión de significancia, la anotación de su apertura y aventurada entrega al espacio abismal de un frenesí interpretativo, de una abierta posteridad hermenéutica: a una voluntad -quebrada, como una voz partida- de decir, de hacer ver, de mostrar el mundo.
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¿En qué lugar sería trasparente el mundo, en qué lenguaje podría su verdad decirse? ¿Sería él el arte, ese lugar convocado a la puesta en obra de la verdad, a la -esencia de la poesía- dicción pura del ser?
Respondiendo, rotundamente: Ni hay ese lugar cristalino ni esa lengua de los dioses que tuviera entre sus poderes el investir en su movimiento el mundo, ni es él el arte -que sólo sería tensión de serlo y al mismo tiempo fuerza de reconocer su incapacidad, su insuficiencia.
Así, territorio trágico y nostalgia de ser abrigo y capacidad de convertir en cómoda casa del hombre el mundo. Y entonces oscilación paradojal entre la expresión de esa nostalgia que le empuja a adquirir la forma de la promesa que sobre sí proyecta -misión, inexcusable tarea- el anhelo del hombre y la fuerza de la honradez que le obliga a reconocer su insuficiencia, su incapacidad para contener la plenitud del sentido en presencia, su inadecuación para responder del tremendo encargo de traslucir el mundo, la verdad, de resolver en la producción de la forma el problema del claroscuro de la vida.
Y sólo entonces se cumple el arte como auténtico en tanto enunciación contradictoria, tensión aporética y alegoría de -incluso su propia, hasta diciendo ello- la radical ilegibilidad última de todo enunciar. Sólo en tanto lo que en él se enuncia es, precisamente, la insuficiencia de todo decir, su abertura, el hecho de que lo que en lo que se escribe habla es siempre otro, siempre algo otro es dicho.
Y acontece entonces que a la presión de su ocurrencia como testimonio puro de la ilegibilidad, “el mundo todo se enciende convertido en escritura apasionante”[2] , en signo liberado a interminable errancia. En abierto y fatal enigma a cuyo borde nuestra mirada se asomaría ahora, de su mano, cautiva y pura.
Es sólo de esta forma que el arte es espejo del mundo -como espejo negro, al que al asomarnos nos embriaga el vértigo de contemplar oscura nada, negrura, en que la esperada imagen o el verbo falta, por siempre ausente, sin esperanza … En él como en el mundo …
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En esa imagen ciega, reposar.
Reposar de un cansancio infinito, de una voluntad de sentido secular, arrastrada como pecado original a través de las generaciones. Puede intuirse el rostro del abuelo del abuelo del abuelo del abuelo del abuelo … de todos nosotros en ella: el rostro original del hombre -como ansia del sentido. Inclinado sobre ese espejo negro -que es la fe única del balizador del desierto, cuando se asoma al último pozo que puntúa la frontera- sus rasgos se distienden, su rostro se abre, toda tensión se alivia y el corazón estalla en el margen roto de una identidad difusa.
Espíritu de la música, un canto profundo se libera entonces en una no-palabra primordial -que ya no aspira al sentido, que es pura forma en movimiento (cántico y no ya palabra). Esa clase de pensamiento mudo, ciego, que simplemente sigue la oscilación del aire, que se acomoda a los dibujos aéreos de un espacio de tensiones aún sin forma, liviana presencia apenas de la imagen virtual que todo envía sobre todo. Música pura, imagen aérea y amorfa, en ese canto sin palabra el pensamiento reposa lacio sobre sí: y cae, dulce facilidad, sin peso sobre las cosas. Allí, la forma recorrida no es producto de voluntad de sentido alguna, sino aparición -como en un frottage, como si el pensamiento no fuera sino una nieve leve que al caer desvelaría trazos y huellas ya dibujadas por el orden de la tierra- misteriosa del orden de las relaciones.
Todo a todo, equiválese allí el pensamiento de los hombres al de las cosas, proyección de resistencias recíprocas, sistema mundi. Y qué diferencia resta entonces -saber de la melancolía del mundo- entre decir y no decir, entre la voluntad de vida y el instinto que la reconoce más allá de todo límite.
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Subjetividad dispersa, el pensamiento acontece allí como episodio laxo y distendido de recorridos arteriales -que la misma organización material del mundo preordena. Todo se refleja en todo, obliga a todo, y el pensamiento que se ejerce desde la limpia laxitud -que es tarea de la liturgia ritual del arte encender- a que se accede al dejar atrás el cansancio infinito de la interminable persecución del sentido, no es sino expresión de tal vibración monadológica del mundo: el más poderoso pensamiento que nunca la especie humana ha podido consentirse.
Y allí el tiempo se congela eterno, en un instante ilimitado -pues son los nombres de las cosas los que a veces dejan de corresponder, pero en su latido el mundo no cesa de expresarse pleno, sin grieta. La herida del mundo, el hombre, cierra sobre sí su desaparición, su rebasamiento, su superación. Sin esfuerzo, como una muerte cálida que no es sino un reposar del ansia, un experimentar la no exigencia del sentido. El mundo es pleno en su latido intemporal, y la forma del pensamiento cumplida en ese anidamiento es, también, sin bache, sin fisura. Nada le falta -sino, ahora sí, destino.
Cascada de ángeles, el mundo quieto, sin historia, en un instante-ahora que se abre pleno, conteniendo en sí su temporalidad entera, extendido en el tiempo y el espacio sin límite, en toda dirección -incluso hacia dentro: a todas sus posibilidades. Todo escrito y revelado en cada punto, eco de todo en cada recoveco, reverberación eterna y sostenida del mundo en un pensamiento sin sujeto, en una historia -no del hombre.
Él, pobre, se enfrenta al abismo de ese pensamiento demasiado terrible, demasiado potente, aterrado, intranquilo, incapaz de entregarse. Quién podría así atreverse al arte, sabiendo que él es precisamente ése lugar en el que,
poseyéndolo todo
no tendríamos dónde ir[3]
¿O nos atreveríamos todavía a esa soledad -de la compañia absoluta-, a esa extraña forma de abandono al mundo -que nombraríamos nihilismo extremo, y que, de Rilke a Breton, todos los verdaderos poetas han pregonado: “abandonadlo todo / partid por los caminos”?
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¿Cómo podremos aceptar que los caminos de la revolución de lo social -única en que se cumple una verdadera de la experiencia- y la de los lenguajes (el arte) no hayan encontrado su punto de confluencia? ¿Acaso no es indudable que este fracaso es el fracaso -el fracaso por excelencia- del siglo, de nuestra cultura, de Occidente, la verdadera crisis de la modernidad?
¿O es que acaso no estamos secretamente seguros de que, caso de haberse encontrado ese lugar de convergencia de los programas revolucionarios en la esfera de lo social y en la de las formas abstractas de la experiencia -sobre la que interviene el arte- esa aventura se habría visto coronada por el éxito?
Y cómo entonces, sino con profunda e insuperable melancolía, podríamos aceptar que ese fracaso de nuestro siglo sea irreversible, inexorable. Cómo, sino con un nudo en la garganta, asumir una irrealizabilidad -que contrasta con lo que a nuestro oído de últimos náufragos susurra un dormido poso de fe: que si ese punto se alcanzara el mundo entero se vería transfigurado en ligereza y luz, perfecta laxitud del ser, reinado ininterrupto de la libertad.
Pues cuando menos sabemos que no cabe llamar arte a nada que no posea los poderes de ese trastorno radical que expulsaría de la vida de los hombres toda sumisión -de unos a otros-, toda alienación -de unos por otros-, todo resto de oscuridad -en un reparto de las luces que no llegara a alcanzar a la totalidad de los hombres, al total de los lugares en que hace masa la conciencia del mundo.
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Como sabemos que no cabe llamar revolución a nada que no suponga trastorno radical de la forma de la experiencia del mundo, consagración de una forma de saber sobre el ser plena de transparencia, posada sin peso en él. Y sabemos entonces que si arte y revolución no han sabido encontrarse, hasta ahora, es porque nunca han sido tales -sino por fulguraciones-: y que sólo en ellas y en sus fortuitos encuentros cabe cifrar la única esperanza obligada: la de apropiarnos, como hombres, de nuestro destino, de nuestro lugar en el ser …
Y si quizás el tiempo nos ha hecho sabios en desesperanza, en desconfianza hacia toda expresión o uso edificante de la cultura que pregonara poseer las fórmulas para alcanzar tan altas cimas, habríamos aprendido cuando menos a recorrer el filo negativo de sus promesas, desde la línea de sombra que atraviesa el reverso, de ya largo aliento, de una tradición -de la que no podríamos, honradamente, declararnos ajenos, sino hijos.
He aquí lo que ella nos dice: que donde el signo edificante de un proyecto general del mundo se alza, allí no hace sino legitimarse la recaída inmovilizadora en la penosa estabilidad de esa forma mermada de la vida que conocemos -despótico imperio capitalista del mundo. Y, por contra, que sólo allí donde toda esperanza está ya abandonada, aquél mudo reposo que excusa toda tensión y todo ansia de alguna plenitud del sentido que el arte mismo revela tarea inagotable, enciende sobre un tenue claroscuro la vibración breve de una última posibilidad -como (etánt donnés … ¿el bien conocido eco de la linterna oscilante retenida contra el fondo sobre el que una cascada de agua eterna vomita el retornar implacable del mundo sobre sí mismo. Esto se llamaría: extraer las máximas consecuencias de la idea de una “crisis de la modernidad” -como hubiéramos dicho “extraer las máximas consecuencias del significado de la “muerte de dios””.
Y se trata entonces de no volver a aceptar esas servidumbres respectivas del arte a la revolución o de ésta a aquél -que a la postre no ponían una y otro sino al servicio de un proyecto mermado que a ambos reabsorbía-, sino de encarecer el hallazgo del lugar en que únicamente ambos son posibles: allí donde son lo mismo, donde no podrían separadamente ni concebirse.
Obligada búsqueda, única que hace todavía de la vida humana una tarea digna. Y de nuestros tiempos finales época todavía heroica …
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Simetría inversa de dos ficciones abstractas, teologico-políticas: la del fin de la historia y ésta de los últimos días. En ambas hace síntoma y conciencia la condición terminal de una cultura que conoce su fracaso en términos de incapacidad de representación plena del sentido, de viabilidad de un proyecto emancipado de sujeto, de realizabilidad de una forma digna de convivencia en lo social. Conciencia del fracaso del humanismo, se llama -con su más doloroso nombre- esta certeza oscura que nos concierne irreversiblemente.
En la ficción conservadora del fin de la historia, sin embargo, esa condición terminal se pronostica eterna, inamovible, insuperable, perpetua -incluso ello se pregona deseable, culminatorio: banderola del pandémico neocinismo liberal. Por el contrario, la alegoría luctuosa de la caducidad contenida en nuestra ficción de los últimos días anuncia y proclama la urgente suspensión de ese estado tedioso, su insostenibilidad. Y perfila, en una visión fulgurante, su heterotopía, la apertura inclausurable del mundo mucho más allá del cansino terrorializarle mermado del hombre herido, roto, rendido en su alienación.
Por no más que un instante, aunque sea, como le es propio a la verdad del pensamiento durar. Y no sólo porque, ciertamente, “en los dominios que nos ocupan, el conocimiento sólo puede ser fulgurante: el texto es un rayo cuyo trueno sólo se deja oír mucho tiempo después”[4] . Sino, más allá, porque es ese territorio del instante el que se cobra -como territorio puro, profundo, inextenso y al mismo tiempo eterno. Como puerta en que se sella el burdel del historicismo, abriéndose el mundo a una visión panorámica -como la del ángel nuevo- capaz de reconocer, “donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, una sola y única catástrofe que no cesa de acumular fragmento sobre fragmento, ruina sobre ruina”[5] . Instante pleno de un tiempo-ahora sin fisuras que recorre la totalidad de los lugares del espacio y los tiempos, devolviéndonos rescatados por igual pasado y futuro, la memoria toda de lo que se ha ido y la de lo que habrá de venir -y aún de lo que nunca será o fue- contenida en una iluminación profana que se enciende a la presión pura del presente fugitivo, del pleno abandono a la ley mayor que escribe la forma del mundo: que todo pasa y en nada rige sino caducidad.
Quizás sea esa experiencia de la temporalidad en lo fugaz lo que la ficción de los últimos días nombra, una experiencia que de alguna manera nos corresponde epocalmente -asumir lo cual representa aceptar como fuerte el pensamiento de la posmodernidad, reconocer en él algo no puramente negativo, sino auroral: reconocerle como profecía y anuncio del estallido de la era del tiempo-ahora (como tiempo-pleno) que palpita en la imaginación de los últimos días.
Si ese presentimiento fuera cierto, al asomarnos a su figura veríamos cumplida la condición que Benjamin interpuso para confiar en algún saber. Parafraseándole, por última vez, “nunca creeríamos en forma alguna del arte que no permitiera explicar por qué en los posos del café puede leerse todo el futuro”.
Como en ellos, éste se escribe en Los Últimos Días. Y dice, ciertamente, “esperanza” -aunque “no para nosotros”. Pero, maldita sea, quién la necesita: ¿acaso no basta con que la haya?
José Luis Brea
Este texto sirvió de introducción a la exposición “Los Últimos Días” organizada por el autor en las Salas de Exposiciones del Teatro de la Maestranza, en Sevilla, presentada en 1992. Eran artistas presentes en la expo: Ignasi Aballí, Pep Agut, Pedro Cabrita Reis, Hanna Collins, Jordi Colomer, Pepe Espaliú, Robert Gober, Rodney Graham, Cristina Iglesias, José Maldonado, Reinhard Mucha, Juan Muñoz, Hirsch Perlman, Simeón Sainz Ruiz, Jan Vercruysse y Jeff Wall.
NOTAS
[1] Friedrich Nieztsche, La Gaya Ciencia, 1882.
[2] Walter Benjamin, Origen del Drama Barroco Alemán, 1928.
[3] Leonard Cohen. La energía de los esclavos. 1972.
[4] Walter Benjamin, Le Livre du Passages, 1934.
[5] Walter Benjamin, Tesis de Filosofía de la Historia, 1940.
documental histriónico (o cómo hacerse ‘usted mismo’ un barco de papel con sus cabellos propios)
a)
y, sin más preámbulos, hoy les hablaré del brillo y la sedosidad extraídas, y de ni cómo así me convertí en sor juana.
b)
ingredientes:
tijeras, cráneo, mar
c)
y lo hemos sabido desde el inicio de los tiempos, que debemos dejar a nuestras medusas mudar de tanto en tanto, para que nosotros, en la parte inferior, podamos adelantar el pie y agregar un ingrediente al mundecillo. lógicamente, el primer paso del viaje consistirá en crear una masa homogénea de cabello, entretejida a su propia espesura. acto seguido, se teje un rostro (de preferencia el nuestro) y se dispone al gusto sobre el escritorio de su preferencia:
3) el paso siguiente no carecería de hechura y es en sí mismo un equipaje: la capa del rostro se dobla en su justa mitad y se urden dos medios triángulos simétricos a modo de mitosis. la forma resultante será un triángulo entero. (si nos hemos saltado el paso dos, ha sido para entender mejor este enigma: 1 +2 +2= 3 que a su vez es = 1. esto puede ser explicado también con la ley del centro según las cosmogonías (cualquiera que esta sea, será así: donde es el cinco, es sol (y de ahí la tríada). [sol como nota y como astro, se entiende.]

4-6) posteriormente, se procede a doblar la parte inferior a modo de pestaña y se dispone la toma de fotografías. luego del momento de ebullición y del transplantaje, e brillantez y saturación al instante obtenido o como se oberva en la siguiente imagen (detalle):
7) cuando llegue el día en que todos y cada uno de los pasos anteriores sean realizados automáticamente todos los días, el momento de eclosión iluminante se dejará estar a una milésima. el cabello entonces dejará de insistir y brillará, en su forma sistólica, el dístico de su enjambre sansónico, y al son de todo, y todo lo demás, cuando y no veríase así:
8) el paso octavo, comos siempre (y como sierpe, mas en versión diametral a la primera) consistirá en partir. para tal propósito, al momento acaecerá una nave perfectamente entretejida al modo de un barco de papel con sus cabellos. cuando se hayan terminado de recamar sus rizos en mástiles y de pulirlos hasta volverlos invisibles, muy cuidadosamente habrá de inscribirse en proa el siguiente epitafio: siempre y todavía. Sí, lo ha hecho usted mismo.
post-)
la quemadura de la nave es un paso que habrá de hacerse en privado y a oscuras, procurando que las llamas sean lo suficientemente dulces que remitieran al cuchillo que aquí entraría en la carne preparada, como un piano sin ton ni zonas: absoluto.
todo lo anterior significa que sin excepción, a la postre, calva, poro a poro al festín se vela. (y no habrá más claustro ni hermandad (sor ni azor) que estos puntitos del cráneo en sorna cruzándose entre sí y no deshojando, margarita de los tiempos o anagrama de la rosa que no se dice rosa, si es de los vientos. –y he ahí toda receta.)
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membrillo
escribí esto para la clase de literatura en la maestría en filosofía e historia de las ideas -versión j.h. garibay, quien nos dio la imagen de paz que adjunto abajo y sobre ella y el curso habríamos de escribir (el curso iba por lo indecible en la poesía, la otra orilla y la secreción sagraficial y etecé). el texto tiene muchas reminiscencias internas (o chistes privados), pero-
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dijeron mi nombre y dije no, no hablaré del cuerpo diluido en blanco y negro, de las plantas cuyo nombre desconozco, de la puerta transparente ─como todas las puertas, de las llaves que son racimo de frutos podridos, de la ventana, la cornisa o el pretil, no diré estas cosas, no diré que Él está ahí, que oropéndola y mandrágora de fruto cavernoso en las sus márgenes y enredadera intermitente de luz alasombra.
la palabra entrar. la palabra salir.
cuerpo y difuminaje, no. ni azul resarciendo.
y aunque son tan paladeables y posibles, no diré lo que aprendí: médano, escolapio.
no diré umbral porque umbral no es, sólo es alhambra.
y sólo es umbra, lumbre.
(alguien dice: y nombres.) nombres aluvión, nombres luz, nombres aldaba, nombres simetría de octante y paz, nombres como el tuyo. -¿quién? -Tú, Ella, la que mueve las manos en tanto alrededor plasman el azul y la silueta de estas cosas, la que quiso decir una palabra y no dijo, la que está aquí para decirles a ustedes y a los que oyen detrás las paredes que oyen (y a Mallarmé oyendo esto desde ahí, donde habita de golpe en ese lapso circundante y dado): que él está aquí y yo estoy ahí; y que vine a darles mi palabra:
[ . . . ]
entonces dijeron mi nombre y dije sí, soy yo.
─y esa es mi falta, lo que nos falta. tanto que es mío. y si les digo que no puedo decir cosmos, porque no soy el cosmos es porque cosmos no es. si les digo que no puedo decir plúmbago, algoritmo, es porque el único algo y el único ritmo, es que es esto. y que yo soy des. dos. nudo. dos cientas: una, sentirse dentro del cuadro (la eterna fotografía de ser-ahí), otra, sentina ante un lago de lirio. ante un coro de ecos que cantan:
es y no es
es y no es. y no es.
el río no es tiempo
y el tiempo es y no es y no es.
el río es nada, el río nadar
entre dos orillas a orillas
de la nada.
es y no es.
es y no es. y no es─
y Yo soy, y digo. y digo árbol (en el sentido de árbol). y digo cielo (en el sentido de cielo). y cuando digo decir es de-rramar, subir. y es entrar, salirse. y es quedarse – en esta palabra fuera de sí y que nunca diré, pues es Ella quien me dice─
[. . .]
a mí. aunque es verdad que nunca-
nunca a escala de mí, nunca a escala del sol. siempre a escala de grises, es criba, porque gris es la carne del papel y gris cruzar la orilla para encontrar esta misma sombra azufre, sombra de grafito y fuego negro, sombra púrpura, puérpera y de-morada, puntualmente demolida, en polvo que será, mas polvo armamentado en adorable y adorable azul.
ése matiz. alucinante, alunizante. decir ése matiz minuciosa, extensamente. deteniéndome en su espesura para desnombrarla. sí, pero ¿con qué palabras? ¿cómo? ¿para quién?
y todavía esto─
-¿y por qué es cielo es azul?
-el cielo es azul porque lo miro.
-¿cómo es el azul?
-como no es
-y qué es el cielo
-como no es
-¿que es es es?
-lo que está más allá y no tiene nombre
-¿quién eres tú?
-la que busca un nombre
-¿por qué me dices estas cosas, a quién se las dices?
-¿y vos? ¿tampoco sos de aquí?
pero Voz dice nada. es mudanza y migra. y yo, magra que vi, sus ojos. sus ojos como pasos-de-marfil-suspendidos-en-el-fuego-de-coral-de-su-boca-destellando-en-ríos-excavándose-;fugazmente, ése lugar común, ese hiato, ese lapso. luz cero;
sus ojos, cada línea en su rostro y en sus manos -palomas, hijas sólo de sí mismas- todo él, ahí, en el requicio entre, arena arogándose espectral textura de una danza cíclica, estática, en blanco[1], donde sí nos.
[y más allá de umbral no escribiré, ya dijimos que era lumbre, inside─ y que incendiaría esta hoja segándome -no los ojos, sino fruto desmembrado.
y la palabra no era así, sino desnombrándose.
. . .
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membranas. y el olor de los membrillos.
[1] o ¿no/oyes? este es el sino
este es el signo
del cálculo azaroso del fruto gerundial
hijo del ando e híjole del endo
del ser zurciéndose un ser siendo en endos-
crisálida perpetua -y lo que su seda
como una mariposa que volaba a mitad de un poema
y voilá:
no es tzu, tsé tsé, mariposa, ni volar.
mariposa es contemplar esta parvada de palabras mudándose hacia
así,
como un monarca, hijo del limo
hijo del vaho y gato o limbo
y vivo y muerto en el umbral─
caobaobab
y casi lo dije, cuando ella se interpuso diciéndo-sé: casi. casi, y así, yo me iba contruyendo este oasis de memoria, por no recordar que soy aún yo, esa, la que en búsqueda de un cajoncito, de una emboscada perfecta, de un atrás de la cortina. la que unas manos invisibles hacen correr entre la muchedumbre buscando un lugar para dormir la si-esta, una litera me-diana desde donde poder cantar –tal vez a mí– una canción de cuna, un requiem adecuado y de madera, un ave nuestro que estás─ un ave nuestro que es un ave nuestra entre dos árboles al abrigo de los ojos que se abren─ esto es: abrojos. avioncito de papel o algo entre el foliaje. blanco. es decir, no la nitidez de la caoba que no es la nitidez lo que es la caoba. y no es decir baobab, porque eso no se dice, niña─
lo que reina (¿principicia?) desde entonces es una capa de cristal bajo la capa. demasiado sol. en la espesura. donde espesura es un desierto que se ensambla y el canto de los pájaros nunca es en sincronía sino para ellos. la navaja de la jaula. que siega─ y agua ví, no diré cuándo. seres guareciéndose. animales demasiado animales, y dormían. dormían la mitad del día y la otra mitad del día era yo, era una máquina, era lo mismo; queda igual, era esto: [Gritando a sus adentros, Ella: fuera de mí] a algo que creyó la habita─ pero la que estaba dentro no era la que cree yo─
es decir, que no es la nitidez ni la invisibilitud de un árbol como el otro, sino la vividez de que los hilos que me halan son las venas de otro cuerpo, el mío, donde estoy casi por nacer o casi por morir o casi algo que no sé ni se abría de decir que sino no estaría aquí para contarlo ─yo─ y que esto no es lo que pudo haber sido un poema, sino que esto es.
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el silencio se ha convertido en su lengua madre (cito a alguien, pero no recuerdo)
de nico muhly, mothertongue. ni falta hará transcribir la letra. pero sí: abcdefg , abcdfeg , abcdefg , mississippi , mississippi ,
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rubí (rúbik)
como diluirse en amarillo hay navajas, cáscaras de piel digital, pedacitos de labio en la mesa. si rubí escuchara esto─ seguí, en zigzag de ecos anegándose al hueco ─andamiaje sístole: diestra y siniestra. diestra y siniestra y así, sucesivamente, en el lugar de las alas─ siegas, como ojos tan míos que no mirarían la oscuridad que es palpable: ese resplandor en todos sus rostros azul, donde la sola cara que no muestra, como un sol inrotatorio- ahí, la pupila se queda y se pudre, faz y nada ante la sombra de una recta incandescente en la ventana.
ése espacio.
ni índices mimetizando al polvo de un beso en el cristal, ni dos letras al revés unidas por el vaho;
el halo intermitente es una telaraña, cabello suspendido ante la memoria de la antigua, la ya ahogada en Corintio o en Lacio, no sé sabe donde; esa cabeza, al fondo del ojo
o allá, casa de enfrente
o aquí, a izquierda en la cornisa, justo donde un triángulo de lo mismo vibra y vibrará en su ruta simultánea a los niveles del tejido─ y diré, maravilloso, del viento amurallado. ah, esa leve geometría, si pensar y pensar qué, de esa leve geometría─
que el hueco es sierpe y en el eco enerva en transigir sin diástole, en su runa de no hay lado de, ni alado. y todo es ascender y es segadura.
. . .
sí, y nada de esto es; sólo es cierto
que decrezco entre cables y violetas, yo a la mesa, arrancándome los ojos; pedacitos nunca míos sino dedos, huesos color carne en lo del sol, antidiluyendo─ y no, antediluviano no, sí es de-ramar; y sí es raíz y es fruto: nave; y sí es navaja láctea incendiándose e, inside: arañándose las telas; y es galaxia y lar,
como tú desvistes.
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ruiti
es decir que estoy aquí, aún, luego de escribir esta justa línea, para decir exactamente lo mismo que estoy diciendo ahora: nada. nada nunca. aquí y ahora. desde el punto de vista que me dijeron: quédate ahí, para tomar una fotografía y yo sentí la nieve caer en una de mis pestañas y sentí que ese estar ahí, ese quedarme ahí era para siempre. que no había otro lugar que aquel quedarse. por eso cuando digo ahora que hablo no sé si lo digo porque creo que eso es lo que distinguiría un paisaje nevado de uno que no lo es o si lo digo por decir.
sólo recuerdo que llegué aquí porque me dijeron que me estaría esperando.
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